Era un día nublado con un leve toque de frío constrictor, ideal para quedarse acostado en casa. No quiso romper esa quimera, así que cuando aún no eran las 2 de la tarde, se encontraba con piyama, frente al computador, y con una taza de café. No esperó nunca en ese día pensar en él, pero así son las noticias, más bien, así es internet. Es casi ley que cuando uno menos espera las cosas se te presentan de improviso, ahí en frente de tus ojos y tu pasmo.
No despegó la vista desde la sangría hasta palmear el punto final. Si no fuera exagerada, no podría decir que pareció hipnotizada por la pantalla, y aún más, cuando finalizada la lectura se quedó mirando la foto de acompañamiento. Pero fue como sí.
Hasta que pareció volver a existir, inhalo profundo, y de un sutil y activador suspiro, despidió su sombra taciturna para dar la bienvenida a la cordura y la plenitud, de las que ahora rebozaba su semblante. Así es esta clase de amor. Fulminante, utópico y placentero, pero afianzado en el juicio. Como ese día. Silencioso.


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