Podría comer yogurht todas la vida y no me aburriría, además que se le puede cambiar el sabor. Cuando como yogurht vuelvo a ser niña, a sentir la ingenuidad de disfrutar del dulce-nutritivo manjar, más que nada el yogurth es leche y los cabros chicos huelen y son lechones. No me acuerdo, pero mi mamá me contaba que cuando era chica jugaba con mi vecino -ese, el amor infantil- a través de la reja de nuestras casas pareadas y que cada tarde terminaba con un saboreo con poca motricidad de un yogurht, a veces puesto por mi mamá, a veces por la de él. A veces creo que comíamos chiquitines.
Es curioso como uno asocia inconscientemente, a veces, la comida con situaciones, con sensaciones, con momento agradables. Y comemos cosas no porque queremos, sino por lo que nos provocan. Yo creo que eso me pasa con el yogurht. Por ejemplo, yo creo que cuando yo me muera y mi mamá me quiera recordar o quiera sentirse bien (a todo esto siempre he creído que me voy a morir primero) va a comer sanenuss y casi apostaría a que serán esos que vienen como huevitos en un tarro, porque yo le regalé unos así para el día de las madres y ella se impactó, porque yo no la saludaba hace años ni para eso, ni para su cumpleaños, no me gusta, no me nace, soy una sentida falta de cariño. O también, mi mamá come-toma leche con harina tostada, porque eso tomaba cuando era chica: "leche con pelotas".
Ahora igual siento que soy una rota, me voy al chancho con las remembranzas, con la higiene personal, sexópata y hablo con palabras vulgares. Soy una machita, lo malo es que creo que me veo un poco así. Y no por movimientos bruscos, diré: "sino por el ser".
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


No hay comentarios:
Publicar un comentario