Al momento, hay estímulos y el desenfreno vuelve eufórico a seguir bailando hasta que las luces se enciendan, o mejor, para que las luces no se avisen jamás. Mientras uno sigue reaccionando a esa clase de estímulos consumidores de espíritu, la noche se hace infinita. Y tú vida transcurre ahí ahogada, detrás de los propios ojos que el temor a esta droga te hace cerrar; quedando sumida en el efecto perenne. Infinito que se hace abordable, sólo cuando se tiene el suficiente vigor de asimilar los daños y tratar de sanarlos.
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domingo, 20 de julio de 2008
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